martes, noviembre 09, 2004

Pequeños Tesoros

¡Quién pudiera robar la Luna...!

El maestro Zen, Ryokan, llevaba una vida sencillísima en una pequeña cabaña al pie de la montaña. Una noche, estando fuera el maestro, irrumpió un ladrón en la cabaña y se llevó un chasco al descubrir que no había allí nada que robar.
Cuando regresó Ryokan, sorprendió al ladrón.


«Te has tomado muchas molestias para visitarme», le dijo al ratero.
«No deberías marcharte con las manos vacías. Por favor, llévate como regalo mis vestidos y mi manta».


Completamente desconcertado, el ladrón tomó las ropas y se largó. Ryokan se sentó desnudo y se puso a mirar la luna.

«Pobre hombre», pensó para sí mismo, «me habría gustado poder regalarle la maravillosa luz de la luna».



El Maestro Zen y el Cristiano

Una vez visitó un cristiano a un maestro Zen y le dijo:


«Permíteme que te lea algunas frases del Sermón de la Montaña».
«Las escucharé con sumo gusto», replicó el maestro.

El cristiano leyó unas cuantas frases y se le quedó mirando. El maestro sonrió y dijo:

«Quienquiera que fuese el que dijo esas palabras, ciertamente fue un hombre iluminado».

Esto agradó al cristiano, que siguió leyendo. El maestro le interrumpió y le dijo:

«Al hombre que pronunció esas palabras podría realmente llamársele Salvador de la humanidad».

El cristiano estaba entusiasmado y siguió leyendo hasta el final. Entonces dijo el maestro:

«Ese sermón fue pronunciado por un hombre que irradiaba divinidad».

La alegría del cristiano no tenía límites. Se marchó decidido a regresar otra vez y convencer al maestro Zen de que debería hacerse cristiano.


De regreso a su casa, se encontró con Cristo, que estaba sentado junto al camino.

«¡Señor», le dijo entusiasmado, «he conseguido que aquel hombre confiese que eres divino!».

Jesús se sonrió y dijo:

«¿Y qué has conseguido sino hacer que se hinche tu 'ego' cristiano?».


El Maestro no Sabe

El 'indagador' se acercó respetuosamente al 'discípulo' y le preguntó «¿Cuál es el sentido de la vida humana?».
El 'discípulo' consultó las palabras escritas de su 'maestro' y, lleno de confianza, respondió con las palabras del propio 'maestro':

«La vida humana no es sino la expresión de la exuberancia de Dios».

Cuando el 'indagador' se encontró con el 'maestro' en persona, le hizo la misma pregunta; y el 'maestro' le dijo:

«No lo sé».

El 'indagador' dice: «No lo sé». Lo cual exige honradez.
El 'maestro' dice: «No lo sé». Lo cual requiere tener una mente mística capaz de saberlo todo a través del no-saber.
El 'discípulo' dice: «Yo lo sé». Lo cual requiere ignorancia, disfra­zada de conocimiento prestado.

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