martes, noviembre 30, 2004

Tus Oraciones

El mal quiere que se haga el bien. Los problemas forman parte del camino y deben ser resueltos

Cuenta el poeta persa Rumi que Mo’avia, el primer califadel linaje de Omniad, estaba un día durmiendo en su palacio cuando lo despertó un extraño.

- ¿Quién eres? - preguntó.
- Soy Lucifer - fue la respuesta.
- ¿Y qué buscas aquí?
-
Es ya la hora de las oraciones y tú sigues aquí durmiendo.


Mo’avia se quedó asombrado. ¿Por qué el príncipe de las tinieblas, aquel que desea siempre el alma de los hombres de poca fe, estaba ayudándole a cumplir con un deber religioso?

Lucifer explico:
-Recuerda que yo fui creado como un ángel de luz. A pesar de todo lo acontecido en mi existencia, no puedo olvidar mi origen. Un hombre puede viajar a Roma o Jerusalén, pero siempre lleva en su corazón los valores de su patria: lo mismo sucede conmigo. Todavía amo al Creador, que me alimentó cuando era joven y me enseñó a hacer el bien. Cuando me rebelé contra Él, no fue porque no lo amase. Antes al contrario, lo amaba tanto que tuve celos cuando creó a Adán. En aquel momento quería desafiar al Señor y eso me arruinó. Sin embargo, aún recuerdo las bendiciones que me fueron dadas un día, y tal vez actuando bien pueda retornar al paraíso.

Mo’avia respondió:
-No puede creer lo que me dices. Tú has sido el responsable de la ruina de muchísima gente en este mundo.
-Pues puedes creerlo – insistió Lucifer-. Sólo Dios puede construir y destruir, porque es todopoderoso. Fue Él, al crear al hombre, quien colocó en los atributos de la vida el deseo, la venganza, la compasión y el miedo. Por lo tanto, cuando ves el mal a tu alrededor, no me culpes, pues yo no soy más que el espejo de todo lo que de ruin tiene el mundo.


Mo’avia sabía que algo no iba bien y comenzó a rezar desesperadamente para que Dios lo iluminase. Pasó la noche entera hablando y discutiendo con Lucifer, y a pesar de los brillantes argumentos que éste esgrimía, no se dejaba convencer.

Cuando el día ya estaba amaneciendo, Lucifer finalmente cedió, explicando:
-Está bien, tienes razón. Cuando esta tarde llegué y te desperté para que no se te pasara la hora de las plegarias, mi intención no era acercarte a la luz divina.

Sabía que si dejabas de cumplir tu obligación, sentirías una profunda tristeza, y durante los próximos días rezarías con redoblada fe, pidiendo perdón por haber descuidado el ritual. A ojos de Dios, cada uno de estos rezos, hecho con amor y arrepentimiento, valdría lo mismo que doscientas oraciones hechas de manera automática y rutinaria.
Terminarías más purificado e inspirado, Dios te amaría más, y yo estaría más lejos de tu alma.

Lucifer desapareció, y acto seguido entró un ángel de luz:
-No olvides nunca la lección de hoy- Le dijo a Mo’avia-. A veces, el mal se disfraza de emisario del bien, pero su oculta intención es causar más destrucción.

Desde aquel día, Mo’avia rezó con arrepentimiento, compasión y fe. Sus plegarias fueron oídas mil veces por Dios.

Reflexión

Inspirada en Mahatma Gandhi:

Un no pronunciado con convicción profunda es mucho más importante que un sí dicho para agradar, para ser simpático o, lo que es peor, para eludir problemas que forman parte del camino y que deben ser resueltos.

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