lunes, diciembre 27, 2004

Cuentecito Infantil

Esta tarde Nelkita y yo estuvimos ojeando antiguos libros que aún conservaba, con especial interés me fije en uno de cuentos.

La Aldea de los Gorriones



Dice así:


Había una vez, en Indonesia, un joven Bueno y valiente de nombre Lomaring. Vivía en una pequeña aldea con sus padres y cuidaba de sus arrozales. Como era trabajador y juicioso, el fruto de su trabajo era abundante y su plantación era la admiración de toda la comarca. Sus padres se sentían muy orgullosos de él y esperaban que algún día escogiera una esposa buena y trabajadora. Cuenda le llegó a Lomaring el momento de casarse, la elección no fue nada fácil. Su madre pasó revista a todas las jóvenes de la aldea, pero no encontró ninguna que en su opinión fuera digna de su hijo.Resolvieron entonces buscar la futura esposa fuera de la población y la madre de Lomaring quiso ir en persona a hacerlo.
-Te acompañaré madre,-dijo el joven. Mi padre se quedará para velar por los arrozales y la cosecha.
Visitaron las aldeas vecinas, luego los pueblos más aparatados, pero sin hallar la perla que anhelaban. Llegaron hasta lugares desconocidos, y encontraron muchas jóvenes casaderas, pero por una u otra razón, ninguna les convenía.Después de tres semanas de viajar, Lomaring dijo:
-Madre, hace mucho tiempo que dejamos el hogar. Tardaremos mucho en regresar, pues el camino es largo. Mis plantaciones de arroz pueden echarse a perder, porque mi padre es demasiado viejo para pensar en todo. ¡Volvamos inmediatamente a casa!
-¿Y tu esposa?
-En otra ocasión la buscaremos.La madre estuvo de acuerdo, y después de un largo viaje, llegaron por fin a casa. Encontraron todo en orden: la casa, los arrozales, y la vida siguió su curso normal. Lomaring cuidó mucho su tierra y la cosecha prometía ser particularmente abundante aquel año. Una tarde, cuando el joven regresaba a la casa con su padre, una enorme bandada de gorriones llegó volando bajo, sobrevoló los campos, luego se abalanzó de repente y en un abrir y cerrar de ojos picoteó todo el arroz. Enseguida reemprendió el vuelo, dio otra vuelta sobre las plantaciones y desapareció hacia el oeste.
Lomaring y su padre presenciaron impotentes el desastre, petrificados de estupor. Cuando se repusieron de la sorpresa, se dieron cuenta de que toda la cosecha se había perdido. Lo más extraño era que los gorriones no había tocado un solo grano de los arrozales vecinos. Afortunadamente, sus graneros estaban llenos de provienes y la familia se resignó a la pérdida de la cosecha, esperando que el próximo año fuera mejor. El joven reinició su trabajo con redoblada energía. Sembró cuidadosamente, esperó con impaciencia un año entero y fue recompensado con el retoño de numerosas plantas vigorosas. Lomaring y su padre se alegraban a pesar de que el arroz maduraba tardíamente en comparación con el de los vecinos.
Una tarde, sin embargo, en el momento ñeque volvía a casa, una gran bandada de gorriones nuevamente sobrevoló las plantaciones, se abalanzó y se comió el arroz en menos de un segundo. ¡Otra vez la cosecha perdida!
-¿Cómo puede ser esto?, pensaba tristemente el muchacho. El arroz está mas maduro en los campos vecinos y sin embargo esos gorriones escogen el mío. ¡Tengo que saber por qué!Al regresar a la casa, tomó una decisión, y se la comunicó a sus padres.
-En la casa tenemos provienes para doce meses; no padeceremos hambre. Resignémonos a esperar la próxima cosecha. Si la catástrofe se vuelve a repetir, abandonaré la aldea para siempre; ¡Lo siento por ustedes, queridos padres, pero nada me hará cambiar de opinión! El padre y la madre, aunque muy tristes por la idea de verlo partir para siempre, estuvieron de acuerdo con él. Todo lo que había sucedido era obra de la brujería, y para Lomaring era mejor no oponerse a las fuerzas sobrenaturales. Trascurrido un año. La plantación se convirtió nuevamente en un amplio cultivo de arroz, y también esta vez lo devoraron los gorriones aún sin madurar.
-Lomaring, lo único que puedes hacer, es irte, -dijo el padre. La mala suerte se encarniza contra ti.
-¡Es incomprensible! No he hecho mal a nadie, -decía el joven. Esto parece una venganza y tengo que descubrir la razón. Voy a buscar el origen de los gorriones; seguramente tiene una aldea y la hallaré.Cuando Lomaring estuvo a punto de partir, su padre lo abrazó.
-Hijo, tu madre y yo aprobamos tu decisión, pero no nos convence tu idea de buscar la aldea de los gorriones. Soy viejo y nunca he oído hablar de eso.
-Yo tampoco, -dijo Lomaring-, pero debo encontrarla, para enseñarles a no robar el arroz de la gente honrada.Se despidió y agregó:
-¡Cuídense bien! Tienen provisiones suficientes para vivir hasta mi regreso. No se preocupen por mí. Volveré cuando haya descubierto la aldea de los gorriones y sepa por qué se han ensañado contra nosotros.Y se marchó, caminando rápidamente, con la mirada fija en el cielo, para observar rápidamente por el firmamento. Seguía siempre la dirección de su vuelo y esto hacía su camino tortuoso y largo.
Los gorriones volaban en grupos compactos, sin separarse nunca. Descendían y describían grandes círculos, para descansar sobre las ramas de los árboles, remontándose luego bien alto, para volver enseguida a posarse de nuevo. No era fácil saber dónde venían y cuál era el itinerario de su viaje. Cada día, cuando el sol estaba muy bajo sobre el horizonte y enrojecía el cielo, los gorriones se reunían en bandadas aún más apretada y desaparecían hacia el oeste. Lomaring caminó en esta dirección durante tres largos meses, hasta que no vio un solo gorrión sobre su cabeza. Mirando a su alrededor, observó que había llegado a una aldea de casas blancas con calles limpias y bien ordenadas, donde reinaba un gran silencio. Lomaring pasó el umbral de una casa y comprobó que estaba vacía. Entró en la casa vecina, tampoco encontró a nadie. Así, continuó con la tercera y la cuarta. En todas las casa empujó la puerta, sin encontrar habitantes.Finalmente llegó a la última casa de la aldea, la más grande y más bella de todas, a la orilla de un río que en este sitio daba una gran curva. Sobre las cuatro paredes de la casa se abrían numerosas puertas: por lo menos veinte pudo contar. Franqueó una de éstas, pero al otro lado no encontró más que soledad y silencio.
-¿Hay alguien aquí? –preguntó.
No tuvo respuesta.
Prudentemente, entró a la casa. No tenía más que una enrome sala, cuyo techo y piso eran de cristal de roca. En su centro se levantaba una tribuna alta a la que llegaba por veinte escalones de plata reluciente. Columnas de plata sostenían unos arcos de cristal. Lomaring, abrumado ante tanta belleza, recorrió este palacio de los mil reflejos y se sentó en el primer peldaño de la escalera. De repente vio delante de él una escudilla llena de arroz y un cántaro de plata lleno de agua. A pesar de su hambre y sed, Lomaring no tocó nada.Un rato más tarde una dama de edad, vestida con su suntuoso traje de seda, entró a la sala.Lomaring se levantó y la saludó inclinándose profundamente. La mujer le indicó que se volviera a sentar le preguntó:
-¿Por qué no comes? ¿No tienes hambre?
-Sí, tengo hambre, pero no me atrevía a comer, porque no había nadie aquí. Se podría pensar que estaba robando.-Hablas con sabiduría, Lomaring. Puedes comer, yo te invito.
-¿Cómo sabrá mi nombre? –se preguntaba el joven mientras devoraba la comida.Comía con gran apetito, y para su sorpresa, el lato de arroz nunca quedaba vacío; lo mismo ocurría con el agua.
Una vez colmado su apetito, Lomaring se atrevió a preguntar:
-Señora, quisiera preguntar algo:
-Te escucho.
-¿Por qué en esta aldea no hay nadie? ¿Y cómo me ofrece arroz, si por aquí no hay ninguna plantación?
-Esperaba esa pregunta. Voy a satisfacer tu curiosidad. Ven conmigo.Lo tomó de la mano y salió con él a un lugar elevado, de donde se dominaba el río y toda la aldea. El sol se ocultaba y el cielo enrojecía.De pronto, a lo lejos, apareció una nube negra. Cuando se aproximó, Lomaring vio que se trataba de una bandada de gorriones. La mujer dio unas palmadas y en esa orilla del río aparecieron cestos de todas formas y todas dimensiones. Los gorriones se lanzaron hacia el techo de la casa de cristal, lo tocaron ligeramente y se dirigieron hacia la orilla del río. Dejaron caer su de su pico, millares, millones de granos de arroz que llenaron inmediatamente todos los cestos. Luego, uno tras otro, los gorriones se zambulleron en el río y se transformaron en apuestos adolescentes que en medio de risas jugaban con el agua y luego remontaron el río. Cada un tomó un cesto de arroz y se dirigió a la aldea.Veinte muchachos y muchachas entre los más hermosos, se desprendieron del grupo y se dirigieron hacia la casa de cristal.
-¡Buenas tardes, madre! ¡Buenas tardes Lomaring!, -decían al pasar. Ya habían entrado diecinueve jóvenes, cuando Lomaring se dio cuenta de que la última era una joven muy hermosa de cabellos largos y negros y grandes ojos brillantes.-
Ya lo ves, -dijo la señora-, no necesitamos arrozales, porque donde quiera que haya arroz, sacamos nuestra parte. Y el arroz que tú sembraste y no pudiste cosechar, está en nuestros cestos.
-¡Pero eso es un robo!
Entretanto los veinte adolescentes habían salido de la casa y los rodeaban en silencio.
-Sería demasiado largo explicarte por qué mis súbditos y mis hijos se transforman en gorriones y van a birlar el arroz. Pero ahora, gracias a ti, la mala suerte está conjurada y podremos volver a vivir como honrados campesinos, cultivando nuestros campos y sin robar las cosechas de los demás. Los rostros de los jóvenes se iluminaron con una sonrisa, y su madre agregó:
-Si quieres saber por qué en tres ocasiones mis gorriones arruinaron tu cosecha, debes entender, que esa era mi voluntad. Supe que tu madre buscaba una esposa para ti, y justamente yo buscaba un marido para una de mis hijas…Echó una mirada a la joven, que se sonrojó y lució más bella.
-Deseaba como yerno, -volvió a hablar la madre-, aun joven honrado y trabajador como tú.
¿Te agradaría casarte con mi hija?
Lomaring aceptó con entusiasmo. Poco después se celebró la boda en medio de la alegría general, ante todos los habitantes de la aldea. Lomaring les enseñó a cultivar bien el arroz. Su experiencia fue de gran utilidad para todos.Meses más tarde, los esposos se marcharon rumbo al país de Lomaring. Sus padres no encontraban palabras para expresar su alegría de ver al hijo volver sano y salvo, acompañado por la mujer más bella que jamás habían visto.
-¿Dime Lomaring, encontraste por fin la aldea de los gorriones?, -preguntó un día el padre.Mientras la joven esposa se sonrojaba, Lomaring respondió con una sonrisa:

-No, padre, todos tenían razón. La aldea de los gorriones no existe. Esas valientes aves tienen el cielo y los árboles como morada y no necesitan nada más.

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