sábado, mayo 28, 2005

Leyendas Urbanas

El colectivo 114: Esta leyenda la cuentan en Argentina, aunque, como todas las demás, existen muchas versiones en otros países.
.
A mi me la refirieron como ocurrida en la provincia de Rosario, cerca o junto al cementerio El Salvador. Un autobús se desliza por el asfalto consumando su último recorrido. Es media noche avanzada, llueve, el autobús va vacío. Las paradas están desiertas. Amadeo, el conductor del colectivo 114, ha trabajado hoy jornada doble para cubrir la ausencia por enfermedad de su compañero y cuñado, Daniel Aimar. De hecho, este postrero turno nocturno no le correspondía a él. Pero Amadeo siempre parece dispuesto a hacer un favor. Y más a un familiar. El autobús avanza pesadamente, engullendo las líneas discontinuas que separan los carriles de la carretera. Amadeo se siente cansado, los párpados le pesan como lastrados con ataúdes llenos de remordimientos. Sueña que se queda dormido. Se despierta alertado. Sólo ha sido un instante, pero el autobús ha llegado a invadir el carril contrario. Menos mal que no venía nadie, piensa el agotado conductor. A su derecha empiezan a parecer las tapias ceniza del cementerio El Salvador. De repente, como surgido de la noche, en mitad de la carretera aparece un bulto menudo con un chubasquero rojo. En un primer instante, Amadeo cree que es un perro. Reacciona tarde. Los frenos no pueden detener la inercia del pesado vehículo. Unos pequeños ojos, redondos de asombro y terror, aparecen por debajo de la capucha del chubasquero. Se clavan en los ojos de Amadeo, que mantiene fuertemente apretado el pedal del freno mientras sus brazos luchan por una maniobra perdida de antemano. Suena un golpe en la parte frontal del autobús.

El pequeño cuerpo sale despedido y aterriza de cabeza diez metros delante del vehículo que, ya cruzado en la carretera, continúa avanzado oblicuo, con las ruedas a contravolante. Finalmente se detiene. Amadeo pulsa el botón de apertura de las puertas y desciende entre arcadas de pánico. Sus peores sospechas se confirman. Una niña pequeña, de seis u ocho años, yace tendida sobre el encharcado asfalto por el que ahora corren hilos de sangre. Permanece un rato junto al cuerpo, dándole palmaditas en la cara, empujando con pudor su infantil pecho. No hay nada que hacer: la niña esta muerta. Las lágrimas de Amadeo se confunden con la lluvia. Tambaleándose gana la cuneta y vomita. Vuelve junto a la niña. Adiós a su trabajo, a su casa y a su jubilación. El mundo se le cae encima. Maldice su puta suerte. Mira hacia los lados: no hay un alma. Se agacha y coge la manita de la niña al tiempo que la besa en la mejilla. Llorando le dice desesperado: “no puedo hacer nada por ti, no puedo devolverte la vida, perdóname pero debo irme”. Arrastra el cuerpo hasta el arcén y coloca las manos de la pequeña cruzadas sobre el pecho, como si tuviera frío y se abrazara a sí misma. Regresa al autobús, que tiene la parrilla hundida y un faro roto, maniobra para alinearlo de nuevo con el centro de la carretera y comienza a huir despavorido.

No se detiene en ninguna parada, circula a gran velocidad, mirando de vez en cuando por el espejo retrovisor interior para ver si le sigue alguien. Nadie, la carretera está desierta, sin embargo ¡Dios mío! Hay alguien sentado en los últimos asientos del autobús. Amadeo se enjuaga los ojos y enfoca su mirada a la increíble imagen que le devuelve el pequeño cristal. No hay duda, la niña que acaba de atropellar viaja con él, sentada en uno de los últimos asientos, junto al pasillo. Esta magullada y llora con hiriente tristeza. Amadeo aminora la velocidad del autobús. Ya han entrado en las primeras calles de la ciudad. La niña se levanta y avanza hasta la puerta trasera: “La siguiente parada, señor conductor, es la mía”, consigue balbucear llorosamente. El autobús se detiene y desciende la niña, que al poco rato se había perdido en la densidad de la noche sin fisuras. Amadeo deja el autobús en las cocheras y regresa a su casa. Por supuesto, no duerme en lo que queda de noche.

Tiene un gran pesar incluso duda de sí mismo. En cuanto amanece se va a contárselo a la policía, pero en la carretera no hay ningún cuerpo y, lo más asombroso, el colectivo 114 no tiene ningún golpe. Amadeo conoce después la noticia de una niña que se había escapado de su casa porque sus padres estaban siempre discutiendo. Regresó ella sola, ya de madrugada, magullada y llorando. Dijo haber tenido un accidente, pero los médicos que la reconocieron no encontraron herida alguna.


Zolsaihan: Esta sección fue creada a petición de mi prima Carmen (todo el que quiera puede añadir la leyenda urbana o historia de terror que más le guste). InSeRtAr CoMeNtArIo. :P

No hay comentarios: