lunes, junio 27, 2005

Sólo 45 Minutos

En los aeropuertos lo mejor es mantener la calma y no discutir.

En todos los productos y servicios que encontramos en el mercado, existe siempre la posibilidad de escoger otra marca, de quejarnos a algún órgano de la Administración. Pero existe algo más allá del bien y del mal: los viajes en avión.

En el momento en que escribo estas líneas, estoy atravesando un hermoso cielo, haciendo un viaje de 45 minutos entre París y Viena. Salí de casa dos horas antes, es n vuelo internacional. Un centenar de pasajeros y yo tuvimos que esperar 32 minutos en la fila de control de seguridad: la mujer encargada estaba hablando con un compañero y ¡ay de quien osase protestar! En seguida, los más de 100 pasajeros nos tuvimos que meter con sardinas en lata en un autobús durante 52 minutos, ya que el avió había llegado tarde y no había conseguido una pasarela libre.
Un señor mayor se quejó, y le contestaron: «Si no está contento, puede bajarse».

El señor amenazó con hacerlo, pero todos le suplicamos que no lo hiciera. Un pasajero que ya ha facturado y que decide finalmente no tomar el vuelo causa un gran trastorno al resto de los pasajeros: habrá que retirar sus maletas, el avión perderá su ventana de despegue, y eso puede tener como resultado otra hora de espera.

La compañía con la que suelo viajar me dio hace tiempo una tarjeta muy especial, que sólo dos mil pasajeros poseen. Se renueva anualmente y me la envía a mi casa, pero todavía no la llevo encima. Mis datos están en el ordenador, y el hombre que está registrándolos lo sabe, pero aún así decide pedirme una prueba, ya que mi tarjeta está caducada. He pasado tantos controles de seguridad, retrasos, esperas, gente maleducada, una amenaza de bomba (por los altavoces nadie dice nada), y hasta una evacuación de terminal a causa de una maleta abandonada, no tengo paciencia para discutir. Como dos cow-boys de Antiguo Oeste, nos encaramos. AL final, él parpadea y dice que «confía en mí, pero que la próxima vez traiga la tarjeta correcta». Le respondo que no tengo el más mínimo deseo de que confíe en mí, y que es la primera vez que nos vemos.
Aquí lo dejo.

Aterrizamos en minutos, tengo que apagar el ordenador. Veo el Mont Blanc, el lago de Constanza. Se me cae el tenedor al suelo; el asistente de vuelo me trae otro inmediatamente. Comienzo a pensar en otros problemas habidos este año: la compañía suiza que no tenía siquiera un triste bocadillo que servir, donde las azafatas lloraban: el agente e aduanas que llamó al superintendente, porque mi cara le resultaba muy familiar; ¿en qué lista de personas buscada estaba? (el superintendente tan sólo se rió, pidió disculpas y un autógrafo).
Pienso en las dos o tres ocasiones en que decidí presentar una reclamación y lo único que conseguí fue una cara del presidente de la compañía pidiéndome disculpas.

En cuanto a los aeropuertos, creo que no tienen presidente, por lo que mejor es mantener la calma, no discutir, y no amenazar con bajarse del autobús. A fin de cuentas, sólo son 45 minutos de viaje, ¿no?

Claro que no: hoy han sido necesarias casi cinco horas para que estos 45 minutos fueran posibles.

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