miércoles, agosto 24, 2005

La motivación correcta

Que todos los seres puedan ser siempre felices y tener las causas de la felicidad.
Que todos puedan estar libres del sufrimiento y de las causas del sufrimiento.
Que ninguno de ellos esté nunca separado de la verdadera felicidad en la que no hay sufrimiento.
Que puedan actuar siempre con entendimiento de la gran imparcialidad, libres del apego a los allegados y de la aversión por los demás.


(Las Cuatro Contemplaciones Ilimitadas)


Esta oración representa la actitud correcta del estado despierto de la mente. Aunque el lenguaje nos resulte extraño, el significado es realmente bastante simple. Todos tenemos en nuestro ser la esencia de la mente iluminada, pero a causa de la ignorancia, esta naturaleza esencial ha quedado oscurecida y cubierta por la negatividad, las interpretaciones erróneas y las acciones perjudiciales. Entre nuestro estado mental actual y el estado despierto, hay todo un viaje. Aunque para algunos el camino puede ser más largo que para otros, lo importante es que hay un sendero por el que podemos llegar a vivir feliz y útilmente. La oración expresa la clase de mentalidad a la que tenemos que aspirar y los medios para intentar conseguirla.

La motivación correcta es el deseo de felicidad y bienestar para todos; que todos puedan tener paz y estar libres de las causas del sufrimiento. Este valioso objetivo que inspirará nuestros esfuerzos, tanto en los tiempos fáciles como en los difíciles. Aunque esta oración refleja un nivel de comprensión elevado, es útil establecer la meta desde el principio, ya que su veracidad y su valor son aplicables a todos los niveles del camino.

En la actualidad muchas personas llegan a la meditación con una motivación incorrecta. Desean utilizar la meditación para propiciar sus objetivos personales, sin pensar en nadie más. Sin embargo, aspirar a conseguir clarividencia, viajes astrales, poderes especiales y logros semejantes, sólo alimenta y fortalece el ego, y la comprensión no mejora en absoluto. En lugar de perseguir experiencias excitantes, nuestra labor es aprender a relacionarnos con nuestra mente y ayudar a los demás. Incluso si se producen tales experiencias, no son nuestro objetivo y no hay que prestarles atención.

Otra equivocación es considerar el camino de la meditación como un medio o una justificación para apartarse de la sociedad. Esta es una actitud negativa sin utilidad ni provecho para nadie. Si empleamos la práctica de la meditación para preservar y fortalecer nuestra negatividad para con la sociedad, significa que la motivación está esencialmente equivocada.

Si fuésemos completamente felices y estuviéramos totalmente libres del sufrimiento, este camino no sería necesario. La realidad, sin embargo, es que somos ignorantes, igual que los demás, y que todos padecemos día tras día el sufrimiento causado por esa ignorancia. Está claro que hace falta un camino, y el reconocimiento de esta necesidad nos motivará para recorrerlo, tanto por nuestro propio bien como por el de los demás. Sin tener una motivación o un incentivo, probablemente no seríamos capaces de realizar el esfuerzo requerido para alcanzar nuestros objetivos. Cuando tenemos frío y deseamos calentarnos, nos sentimos estimulados a levantarnos y encender fuego. Si ya tuviéramos calor no nos molestaríamos en hacerlo. Si queremos obtener un buen empleo estamos dispuestos a pasar por un aprendizaje considerable, e incluso por dificultades, para conseguirlo. En todas nuestras actividades primero existe la motivación, seguida de la intención y de algún tipo de esfuerzo. El mismo proceso se aplica también a la meditación.

Si no hubiera un objetivo o una razón, ¿por qué tendríamos que cargar con todo el trabajo que puede implicar? Ya que nuestro principal deseo es el de ayudar a todos los seres, tenemos que dirigir nuestros esfuerzos hacia la realización de ese deseo. Cuando hagamos una sesión de meditación, y también a lo largo de nuestra vida cotidiana, hemos de procurar conservar siempre la actitud correcta y guiarnos por ella.

En nuestro nivel actual, como principiantes, quizá nos sintamos intimidados por un ideal tan elevado y pensemos: "¿de qué sirve que alguien como yo trate de perfeccionar su mente? Estoy tan lleno de odio y deseo que es inútil cambiar". Pero esa es precisamente la razón por la que es necesario un esfuerzo considerable. Si ya tuviéramos una visión positiva del mundo, si estuviéramos muy abiertos hacia los demás y todo lo que hiciéramos fuera por su beneficio, significaría que ya poseemos una actitud compasiva. Estas cualidades son como un abecedario del camino espiritual. Si ya sabemos leer no necesitamos que nos enseñen el alfabeto, pero si nos falta motivación correcta tenemos que despertarla en nuestro interior.

Por lo tanto, si la idea y el deseo de ayudar a los demás aún no están presentes, deben ser introducidos, aunque al principio resulte un poco forzado. No podremos desarrollar la compasión a menos que tengamos esta disposición de beneficiar a todos; es como enseñar el alfabeto a los niños para que puedan leer más adelante. La actitud de beneficiar a todos los seres es, por tanto, la motivación correcta.

Actualmente, sin embargo, quizá sólo deseemos liberarnos de nuestro propio sufrimiento. Tal sentimiento es muy natural y puede que disfrutemos de esa libertad durante un corto período, incluso sin meditar. Pero estamos intentando conseguir algo más. En lugar de estar siempre pensando en nuestros propios deseos, comodidades y felicidad sin preocuparnos demasiado del bienestar de los demás, el propósito ahora es desarrollar una auténtica bondad y compasión hacia todos los seres.

La manera de progresar es identificar y madurar las cualidades positivas que existen en nosotros, al igual que en todos los demás, y perfeccionarlas cuando y como podamos. ¿Cómo conseguirlo? En primer lugar no debemos intentar correr antes de saber andar; tenemos que aprender a avanzar paso a paso. Primero generamos la actitud correcta hacia nosotros mismos, después hacia nuestra familia y nuestros amigos, y luego la extendemos hasta incluir a todo el mundo.

Es importante darse cuenta de que el camino empieza por uno mismo. Hemos de aprender a bastarnos a nosotros mismos ya no ser una carga para los demás. En primer lugar dejemos de agobiarles y de aumentar sus problemas. Tratar de ayudar activamente a alguien sin conocernos primero a nosotros mismos, puede causar más mal que bien; sería compasión sin sabiduría. Si tratamos de salvar a alguien que se está ahogando en un lago y no sabemos nadar, acabaremos ahogándonos los dos. Primero tenemos que aprender a nadar. De la misma forma, sólo podremos ayudar realmente a los demás cuando hayamos domado nuestra propia mente y sepamos relacionarnos correctamente con la felicidad y el sufrimiento.

También es importante actuar con sentido común. Aunque el deseo de ayudar a los demás es muy bueno, no debemos ir por ahí tratando de imponer nuestra ayuda. Pero tampoco tenemos que esperar a ser perfectos para ser útiles. Es una cuestión de equilibrio, de utilizar nuestra energía sabiamente. Nuestro presente estado no iluminado no debe ser utilizado como excusa para no hacer nada. Aunque no podamos actuar todavía de forma pura cien por cien, si procedemos con la máxima atención y cuidado, habrá beneficio. Cuando estemos completamente purificados todo lo que hagamos será provechoso para los demás, pero mientras tanto es bueno ayudar de la mejor manera que podamos. Así, a pesar de nuestra limitada capacidad, ahondaremos en nuestra comprensión y formaremos la actitud mental correcta, que más tarde dará lugar a la práctica de la perfecta compasión.

Por lo tanto, primero generamos compasión hacia nosotros mismos y luego hacia los demás. Por supuesto podemos creer que somos ya muy afectuosos y amables y que no necesitamos mayor compasión. Aunque es cierto que a menudo hay profundos vínculos entre marido y mujer, entre hermano y hermana y entre amigos, la verdadera bondad y compasión es sentir ese grado de amor hacia todos los seres. El problema en nuestra sociedad es que nos enamoramos fácilmente de nuestros amigos y amantes, e incluso de nuestras posesiones, pero normalmente es un tipo de amor estrecho y limitado. No hay nada malo en querer a los amigos y familiares, es realmente muy bueno; además la bondad debe empezar por alguna parte. Pero si limitamos nuestro amor a esas personas nos estamos sólo encadenando a nosotros mismos. Lazos y ataduras de esta clase actúan en dos sentidos, nos atan en la misma medida que nos confortan.

Así pues, tratemos de no restringir nuestra compasión a un grupo o categoría especial de personas en detrimento de otra. Nos resulta fácil tener buenos sentimientos hacia los pobres y hambrientos, pero sentir compasión por los ricos y bien alimentados puede sernos difícil. Aunque el padecimiento de estas personas a menudo sea de naturaleza mental, la preocupación de perder su riqueza y sus posesiones, o por las decisiones que tienen que tomar, no es por ello menos agudo. La gente pobre tiene otra clase de sufrimiento, eso es todo; como simple problema de tener o no suficiente para comer. Tenemos que aprender a extender nuestra compasión a todo el mundo, ricos y pobres, blancos y negros, a todos.

Un desarrollo correcto en este sentido nos hará mucho más felices y nos proporcionará una vida más equilibrada y, puesto que las mentes se influyen unas a otras, generar una compasión amplia y expansiva beneficiará espontáneamente a cuantos nos rodean. Paralelamente, al madurar nuestro potencial y aumentar nuestra fortaleza, necesitaremos menos el apoyo y el consuelo de los demás.

Sin embargo, hemos de tener mucho cuidado en no volvernos pretenciosos y orgullosos. Podríamos pensar que seguir un camino espiritual nos convierte en personas muy especiales, superiores de algún modo a los demás. Pero nuestro objetivo es servir a los demás, y no ser servidos por ellos. Desarrollar una mente compasiva no significa que tengamos que esperar sentados a que los demás satisfagan nuestras necesidades, como si fuéramos reyes y ellos nuestros sirvientes. Esta clase de orgullo es un gran obstáculo para la práctica espiritual. Tampoco debemos menospreciar a quienes están sufriendo, pensando que no son personas normales o que son de alguna manera inferiores. La humildad es fundamental; de hecho reside en la esencia misma de la verdadera compasión. Debemos estar dispuestos a darnos y a sacrificarnos por el bien general.

Para progresar correctamente hemos de hacerlo de modo suave y amigable, cada uno de acuerdo con su capacidad. Mientras hagamos lo que mejor podamos, no estaremos desperdiciando nuestro potencial y podremos estar satisfechos. Como humanos que somos, cometeremos sin duda equivocaciones, pero no hay que obsesionarse ni recriminarse por ello. Podemos sentirnos apenados por haber hecho algo mal, sin permitir que ese remordimiento se interponga en nuestro desarrollo; incluso podemos utilizarlo para fortalecer nuestra determinación pensando: "aunque se haya caído un puente sobre el río, puede construirse otro. De nada sirve quedarse aquí llorando".

Cada mañana, al despertar, debemos formarnos el propósito de que todos nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones del día sean útiles y beneficiosas para los demás. Si nos olvidamos de la compasión perderemos algo muy precioso y tendremos cerrado el verdadero camino. Mientras que la fortaleza física y la vitalidad duran un día, un año, o una o dos décadas a lo sumo, la actitud mental correcta hace desaparecer el cansancio y la desesperanza indefinidamente, y nos permite seguir ayudando a los demás constantemente a lo largo de nuestra vida. Mientras no se encuentra a alguien que manifiesta semejante capacidad, esto es difícil de creer. Sin embargo es el potencial que existe dentro de todos nosotros.

La motivación correcta se puede comparar con una semilla que hay que plantar una y otra vez. Al principio puede parecer que nos estamos engañando a nosotros mismos ya los demás, ya que nuestros apegos y aversiones nos incapacitan realmente para ayudar a nadie. Pero aunque en esa etapa nuestro compromiso sea sólo de palabra, no perjudica a nadie, y más adelante, cuando esta actitud ya no sea algo ajeno a nosotros, surgirá de ella la auténtica bondad hacia los demás. A medida que la vayamos desarrollando, la correcta motivación se irá integrando en nuestra existencia hasta hacerse inseparable de nosotros. Entonces la compasión será espontánea, consistente y efectiva; será, simplemente, nuestra manera de ser.

2 comentarios:

xianseng dijo...

Textos como este te hacen retomar esa forma de pensar y de comportarte, que un día decidiste seguir.

PD:Hoy te has quedado dormido eh? Entre 3 veces a ver que habías publicado.. ejem...jajajaja si es que a veces las sabanas no dejan a uno levantarse..

Brad Hunsberger dijo...

Mmm... so what?